
El Tratado de Utrecht, que puso fin a la Guerra de Sucesión, rompió las relaciones con los talleres flamencos —hasta entonces principal proveedor de la monarquía— y dejó a la Corona sin abastecimiento de tapices.

Felipe V ordenó levantar manufactura propia en Madrid. Para dirigirla hizo venir desde Amberes al maestro licero Jacobo Van der Goten, cuya familia, establecida en Madrid desde 1720, transmitiría el arte del tapiz durante varias generaciones. A ella se debe buena parte del arraigo del oficio en el país.

La manufactura se instaló junto a la Puerta de Santa Bárbara.

El aumento de la producción y la dependencia de las sedas y las lanas teñidas que se compraban fuera hicieron que la manufactura se dotara de una sala de tintes propia. Desde entonces tiñe la lana y la seda que se emplean tanto en la fabricación de tapiz como en restauración.

Los encargos de la Corona se destinaban a los Reales Sitios: El Pardo, Aranjuez, El Escorial. Todo tapiz partía de un cartón, el modelo pictórico a tamaño real que guiaba a la tejedora, y por eso acabaron encargándose a los mejores pintores del momento. Francisco de Goya trabajó para la Real Fábrica de Tapices entre 1775 y 1792.

Tras la ocupación francesa y las décadas de inestabilidad política y económica que la siguieron, la producción de tapiz quedó reducida a encargos mínimos, y el trabajo se centró en la restauración de las colecciones históricas de la monarquía y, sobre todo, en la fabricación de alfombra.

La manufactura había quedado en el centro de una ciudad en plena expansión, donde ya resultaba incómoda para los vecinos. Alfonso XII autorizó por ello demoler el primer edificio para acometer las obras del ensanche madrileño.

Alfonso XII ordenó levantar un nuevo edificio en la zona del Olivar de Atocha —la actual calle Fuenterrabía—, y cedió para ello terrenos de la Corona. El proyecto corrió a cargo del arquitecto José Segundo de Lema, que lo concibió en estilo neomudéjar, con las naves distribuidas conforme a lo que requerían los oficios textiles.

Los telares se trasladan a la nueva sede, donde la manufactura trabaja desde entonces. El edificio figura en el conjunto de Patrimonio Industrial de la Comunidad de Madrid.

Tras sobrevivir a la Guerra Civil, la posguerra y los sucesivos cambios políticos, sociales y económicos sin interrumpir su actividad, la manufactura recupera la denominación de Real Fábrica.

La manufactura adopta la forma jurídica de fundación, dirigida por un patronato que integra a las administraciones públicas y a patronos individuales.

El edificio es declarado Bien de Interés Cultural por la Comunidad de Madrid.

La sede de la RFT es seleccionada dentro del Plan del Patrimonio Industrial por el Instituto del Patrimonio Histórico Español.

La Fundación Rey Balduino otorga a la Real Fábrica de Tapices el “Premio al Patrimonio Belga en el extranjero” 2017.

Visita de los Reyes de España a la RFT, con motivo de su III Centenario.