Todo empezó por una necesidad de la Corona. Felipe V levantó la Real Fábrica de Tapices en 1721 porque el Tratado de Utrecht, que cerró la Guerra de Sucesión, había roto con Flandes, de donde llegaban hasta entonces sus tapices. Había que producirlos en casa, y de ahí nació esta manufactura dedicada a fabricar y restaurar tejidos exclusivos.
Tres siglos más tarde, el oficio sigue vivo y no se ha interrumpido nunca. Desde 1996 la institución es una fundación privada, y lo que persigue dice bastante de lo que es. Mantiene la tradición de las Manufacturas Reales y conserva el legado textil de la Corona y de Patrimonio Nacional. Sostiene la actividad de tejido y la investigación de nuevas técnicas, también sobre cartones de artistas de hoy. Y enseña los oficios, los transmite y los acerca al público con exposiciones.
Al final, todo se resume en algo poco habitual: un obrador que sigue trabajando a mano tapices, alfombras y reposteros y que es, a la vez, un referente en la conservación del patrimonio textil. Un sitio vivo, abierto a quien quiera conocerlo.